Hoy nos encontramos ante un nuevo paradigma en el descubrimiento de fármacos. El sector farmacéutico puede experimentar en las próximas décadas un crecimiento sin precedentes gracias a los avances realizados en distintas disciplinas de las ciencias de la vida, especialmente en biología molecular.
La investigación sobre fármacos, entendida como una actividad industrial, no tiene mucho más de cien años. La industria farmacéutica empezó con los boticarios, quienes producían medicamentos a partir de substancias naturales. Ya entonces, algunos de esos boticarios fundaron empresas que han llegado hasta nuestros días.
El desarrollo de la Química nos llevó a lo que conocemos como la segunda revolución farmacéutica porque permitió que algunas de la substancias naturales tradicionales fueran sintetizadas en lugar de extraídas. Este avance tuvo sus bases en la Química Sintética, desarrollada principalmente por las compañías de colorantes, cuyo motor fue la hipótesis de que los colorantes podían ser usados como base para la síntesis de productos farmacéuticos. Fue en las compañías farmacéuticas donde se dio el entorno adecuado para que la alianza entre la Química y la Farmacología dieran vida a la primera generación de fármacos sintéticos.
A partir de la Segunda Guerra Mundial se inicia la influencia de la Microbiología y de la Bioquímica, y entramos en una nueva era de las ciencias de la vida. Así, la nueva Biología se posiciona como ciencia importante para el descubrimiento de nuevos fármacos.
Actualmente, estamos al inicio de una cuarta fase con al entrada en escena de la Biotecnología. La Biología Molecular ha tenido un gran impacto en el descubrimiento de fármacos. En un primer momento se limitó a la clonación y expresión de genes que codifican para proteínas con utilidad terapéutica. El número total de fármacos proteicos, principalmente proteínas recombinantes y anticuerpos monoclonales no ha parado de crecer en los últimos años y constituyen una porción importante de los nuevos fármacos. Citemos entre ellos el interferón, el activador tisular del plasminógeno, la eritropoyetina, la insulina, el Herceptin, el Rituximab etc. Sin duda, las proteínas y muy principalmente los anticuerpos monoclonales, van a seguir contribuyendo a aumentar el arsenal terapéutico.
Sin embargo, el papel fundamental de la biología molecular es su capacidad para comprender las bases moleculares de las enfermedades y así identificar las dianas óptimas para el tratamiento. La mayoría de los fármacos conocidos utilizan unas 500 dianas moleculares. El mayor número (45%) corresponde a receptores unidos a proteínas G. Los enzimas constituyen el 28%, las relacionadas con hormonas el 11%, los canales iónicos el 5%. Teniendo en cuenta que el genoma humano contiene alrededor de 35.000 genes y que, de estos, unos 10.000 pueden estar relacionados con alguna enfermedad, sólo estamos usando un 5% de los posibles dianas terapéuticas.
Por otra parte, en los últimos años el diálogo crítico entre biólogos y químicos ha sido reemplazado por la fuerza de los grandes números. La llegada de las técnicas genómicas, la secuenciación masiva de ADN, la química combinatoria y las técnicas de cribado masivo (HTS) ha creado un nuevo concepto de descubrimiento de fármacos. Cientos de dianas potenciales son incorporadas en ensayos “in vitro” o celulares y luego expuestas a un gran número de compuestos. De esta manera, se espera identificar aquellos capaces de modificar alguna de las dianas. Este tipo de experimentos ha generado una cantidad inmensa de información. El incremento exponencial en el número de datos no ha dado, sin embargo, resultados conmensurables en términos de productividad, puesto que las grandes compañías no han aumentado el número de nuevos productos que entran en el mercado. Es difícil juzgar aun el éxito del nuevo paradigma de descubrimiento de fármacos. Las técnicas de cribado masivo sólo indican que un determinado compuesto tiene un índice de potencia o toxicidad en unas condiciones muy definidas. Es preciso validar los resultados en modelos más complejos y, eventualmente, comprobar que el compuesto es capaz de revertir los síntomas de la enfermedad para la que se destina.
La situación de hoy es similar a la que se vivió a principios del siglo pasado. El descubrimiento de fármacos sólo pudo empezar cuando la Química y la Farmacología hubieron alcanzado un grado suficiente de madurez. Entonces se pusieron las bases de la alianza entre químicos y farmacólogos que se desarrolló en el seno de la industria farmacéutica y alcanzó resultados muy satisfactorios.
Ahora, a principios del siglo XXI han entrado en juego la genómica, la bioinformática y la biología estructural. El descubrimiento de fármacos es tan complejo que simplemente ya no puede quedar confinado a la industria farmacéutica tradicional. El desarrollo de nuevos fármacos requiere una base diversificada y flexible. Las empresas biotecnológicas emergentes y los contactos con centros académicos deben proporcionar los mecanismos para aplicar los conocimientos científicos a la solución de problemas sanitarios. Estos se generan más fácilmente en nuevos ambientes donde científicos del mundo empresarial y del mundo académico puedan interaccionar intensamente.
España está ahora ante una oportunidad histórica para constituirse como país avanzado en investigación, capaz de competir con el norte de Europa y el resto del mundo. Este es el momento de la investigación farmacéutica y su fomento debe formar parte de la estrategia en política científica de cualquier sociedad avanzada cuyo objetivo sea mejorar la salud de los ciudadanos y crear, a su vez, riqueza. Fomentar la investigación farmacéutica de calidad y competitiva asegurará el desarrollo económico, porque la generación de conocimiento nuevo incide directamente en el desarrollo de tecnologías y recursos que pueden implantarse en el sector productivo. Hoy en día es la ciencia y los científicos los que realmente pueden marcar las diferencias y contribuir a crear los nuevos conocimientos de los que depende nuestra competitividad futura.
No debemos permitir que se pierda el tren, ni tampoco estar en los furgones de cola. Para evitarlo, los tres actores principales del sistema de investigación e innovación tienen que sumar energías: la administración pública, los centros y laboratorios de investigación tanto públicos como privados y, además, el sector industrial. La predisposición, la interacción y la estrategia común de estos tres actores principales del sistema, permitirán que España se posicione como país líder en el sector biomédico, o que, de otra manera, se pierda el tren.
Los gobernantes tienen ahora la oportunidad de instaurar un clima de confianza, ofrecer pruebas manifiestas, tangibles, de que se tiene la voluntad de llevar a España a la meta fijada: ser un país de ciencia. Hay indicadores positivos. Algunos, por ejemplo, son el establecimiento de nuevos centros de investigación pública a lo largo del territorio basados, ya desde su origen, en la excelencia científica y orientados a problemas biomédicos. También lo son el esfuerzo en inversión realizado en los últimos años, que ha dado entre otros frutos, la instalación de plataformas científicas de primer nivel (algunos ejemplos, son el sincrotrón Alba o el supercomputador Mare Nostrum). Asimismo, científicos de renombre internacional, españoles y extranjeros, están aceptando dirigir laboratorios en centros españoles, y tenemos ya una masa crítica de científicos líderes capaces de generar conocimiento, que será trasladable al sector productivo. Puesto que disponemos de excelentes investigadores, particularmente jóvenes, podemos ser optimistas respecto de nuestro futuro en la biomedicina dentro del panorama internacional. Esperemos que este entorno de frutos pronto en forma de nuevas moléculas con potencial terapéutico, contribuyendo así al desarrollo de los nuevos fármacos “Made in Spain”.
También, para mantener esta oferta de científicos cualificados es necesario asegurar un buen nivel de enseñanza de las ciencias. Hacerla atractiva a los ojos de los jóvenes, ofreciéndoles oportunidades de futuro en la carrera investigadora, estimulándoles. Por otra parte, es imprescindible crear las condiciones para que se dé una valoración social positiva de la ciencia y que no sea vista con desconfianza. Es imprescindible que la sociedad sea consciente de los beneficios de realizar en el país investigación de punta en biomedicina, desde la más básica a la aplicada, y los investigadores, los políticos y los representantes de los sectores empresarial y financiero podemos hacer mucho más para convencerla.
Finalmente, la atracción e implicación de empresas potentes hacia los núcleos de investigación de excelencia que se están extendiendo en el país se debe traducir en adopción de modelos de comportamiento emprendedor y de cultura empresarial. La integración de estas compañías en el entorno de los parques científicos y tecnológicos constituye en sí mismo un factor de dinamización y de atracción de actividad, así como de nueva localización por parte de empresas del sector farmacéutico y biotecnológico. Necesitamos fomentar el espíritu empresarial, la mentalidad innovadora, para que las empresas biotecnológicas conviertan el conocimiento básico generado en beneficio para el bien común.
Estamos ante un reto exultante y difícil. El futuro está ante nuestros ojos, la voluntad existe. Ahora toca poner todo el esfuerzo en hacer de la investigación farmacéutica y la biotecnología uno de los valores de la sociedad española.
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